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Como una puta

Como una puta

Tiempo de lectura 3 minutos

La cabecita de Eva asomó por la puerta entreabierta y me señaló con los ojos:

—El jefe quiere que vayas.

Dejé la Coca Cola light encima de la mesa. Y me encaminé rápidamente al encuentro del jefe, no sin antes comprobar que mi ropa estaba en perfectas condiciones. La imagen era una de sus normas que había que cumplir a rajatabla. Tampoco era cuestión de hacerle esperar porque era de naturaleza impaciente. Y, aunque siempre me había tratado con respeto, sabía por experiencias ajenas que era mejor no tentar a la suerte.

Mientras recorría el largo pasillo salpicado de puertas cerradas me preguntaba otra vez cómo hay gente que pueda estar en esto por gusto. En realidad lo sé porque así empecé yo. Pero me niego a admitirlo. Me nublaron la vista con promesas poco esfuerzo y dinero fácil. Todo era una gran mentira. Como hobby llama la atención a mucha gente, pero hacerlo todos los días es algo que solo se puede soportar teniendo vocación pura; de lo contrario te vas convirtiendo en una máquina que solo se mueve para conseguir dinero, sin pasión ninguna por lo que está haciendo. Ahora sigo en lo mismo porque ya no sé hacer nada más.

Al entrar en la sala mis sospechas se confirmaron y pude ver a mi jefe en compañía del cliente. Era como él, un hombre de mediana edad, con el ánimo consumido por el estrés y el cuerpo deformado por el exceso de comida rápida. Todo ello envuelto en un traje cuya única misión era remarcar quién era el que mandaba allí.

Entré en la sala con mi discreción habitual, esperando a una distancia prudencial que se me concediera el momento de saludar.

No tuve que esperar. Mi presencia interrumpió la animada verborrea de mi jefe. A juzgar por sus fanfarronadas, el negocio estaba cerrado y ya solo faltaba que le cliente me conociera en persona. De hecho era un mero formalismo, porque ya sabía de mi todo lo que le hacía falta.

—Mira, ahí está —dijo mi jefe, con una sonrisa tan falsa como su Rolex.

Con la mano invitaba a que yo diera un pasito más hacia adelante con la idea de que el acompañante observara con detenimiento la joya que se iba a llevar.

—Qué joven parece —reprochó el cliente.

No me dieron la oportunidad de abrir la boca ni para decir mi edad, ni para hacerle un cumplido a los genes de mis padres.

—Joven, pero con una gran experiencia —se apresuró a matizar mi jefe—. Tiene el empuje y frescura de la juventud, y atesora una experiencia increíble. Hará cualquier cosa que creas conveniente e incluso te sugerirá cosas que ni imaginas. Es una maravilla.

De todos modos ya sabía que era un esfuerzo vano intentar decir algo. Les daba igual que supiera hacer el pino puente, que hubiera ganado la media maratón de Burgos o que hubiera acabado el bachillerato con matrícula de honor. Ellos siguieron intercambiando sus frases en las que lo importante era remarcar que si yo me portaba bien con el cliente, tendría muchas más oportunidades de seguir haciéndole ganar una cantidad indecente de dinero a mi jefe.

Nunca he podido acostumbrarme a que hablen de mí como si yo no estuviera presente. Me hace sentir como el último dedo de una copa de whisky aguado que nadie quiere. Pero esa charla en la que deliberadamente me ignoran me sirve para poder observarles descaradamente y comprobar que, debajo de la ropa elegante y los teléfonos caros con los que se adornan, no hay más que un par de charcuteros de baja estofa que están negociando el precio de mi carne.

—Me parece buena idea que os vayáis conociendo. Vais a pasar mucho tiempo juntos —volviéndose hacia mí en un tono más confidencial—. Acompáñale, ya sabes lo que tienes que hacer… —dijo, estirando deliberadamente el final de la frase.

Asentí con la cabeza, al tiempo que con paso desganado seguía la estela del cliente con el que iba a pasar tanto tiempo y, mientras intentaba pintar un sonrisa creíble en mi rostro, mi úlcera me hacía maldecir una vez más el día en que decidí ser informático.

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