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El libro de poemas

El libro de poemas

Tiempo de lectura 3 minutos

Rapsidio observó con inquieta curiosidad su cuarto. Tras la breve inspección se relajó al comprobar que todo estaba tal y como lo dejó antes de las vacaciones. La colcha estirada, su escritorio limpio y el trompo encima de la mesita de noche.
No le gustaba que le tocaran sus cosas. Eran suyas y si las había dejado ordenadas de una forma concreta era por algo.
Tras el primer vistazo, Rapsidio, acudió raudo a la ventana para mirar la calle que sube hasta la panadería. Por un momento temió que hubieran cambiado algo en el pueblo, pero se cercioró de que todo estaba igual. La señora Araceli charlaba a grito pelado con la señora Encarna y como siempre se quejaba de lo caro que estaba todo. El perro del señor Andrés hacía su ronda matutina y la bicicleta de Anacleto estaba apoyada en la pared, sin candado, como de costumbre.
A lo mejor bajaba rápido a la calle y le tomaba prestada la bicicleta a Anacleto para ir a ver a Ramirín y enterarse de los planes que había para las fiestas de San Ulpando. Esta vez venía decidido a bailar con Inés, la hija de la señora Araceli. Incluso fantaseaba con dar un paseo con ella entre los montones de cebada de la era de arriba y con que mantuviera la boca cerrada, porque era igual de exagerada que su madre.
Estaba dispuesto a conmemorar su regreso al pueblo con una escapada, cuando se acordó de que Andrés, el joven que le había acompañado en el coche de línea, le había dicho que esperara en la habitación hasta que él le fuera a buscar.
Andrés le caía bien a Rapsidio, le parecía un muchacho agradable y simpático, pero muy pesado. No le dejaba respirar ni un minuto, incluso no le resultaría sorprendente que estuviera escondido en algún recoveco de la escalera para pillarle si intentaba escaparse.
Resignado se sentó encima de la cama para disfrutar un rato de soledad en su cuarto. Durante semanas había estado compartiendo habitación y le parecía hasta extraño encontrarse a solas.
Alzó la vista hacia la estantería y decidió pasar el rato ojeando alguna historia del Guerrero del Antifaz. Tropezó al levantarse y trastabillando fue a detenerse de bruces contra la estantería de los libros. El estrépito fue considerable, pero afortunadamente no se cayó nada. Tras unos segundos en los que Rapsidio esperó oír la voz de su madre preguntando por el origen de tanto ruido, recobró la presencia de ánimo y alargó la mano para agarrar un librito de aventuras heroicas.
Con extrañeza observó algo que no encajaba entre los libritos del Guerrero del Antifaz y del Capitán Trueno. Se trataba de un librito delgado y ajado por el tiempo que no recordaba haber puesto allí.
Rapsidio no pudo resistirse al efecto magnético del libro, se titulaba Tu eres la poesía más bella. Algo tan cursi le daba hasta vergüenza tocarlo. No obstante la curiosidad era mayor que el pudor y comenzó a ojearlo. A volapié puedo comprobar que estaba compuesto por decenas de pequeños poemas. Le hizo gracia encontrar uno que comenzaba Inés, mirada profunda, caminar sereno.
Con una pizca de picardía Rapsidio pensó que podría serle útil aprender un poema con el que conquistar a su Inés.
En una sola pasada de sus ojos por los versos podía recitarlo de carrerilla. Después probó a hacerlo más despacio. Se dio cuenta de que el poema era extremadamente hermoso. Le había conmovido. A continuación leyó el siguiente. También era delicado e intenso. Quizás más. Uno tras otro los fue devorando sin pausa, recitándolos con ardor, con ansia. Las lágrimas se desplomaban a toda velocidad hasta el cuello de la camisa de Rapsidio, que las retenía a duras penas.
Tan absorto estaba en el recitar de las poesías que tardó en darse cuenta de que Andrés había entrado en su cuarto. Le oyó toser y envuelto en lágrimas levantó la vista hacia el joven.
—¿Quién ha escrito estos poemas tan bellos? —musitó con los ojos rojos y el desamparo temblando en sus labios.
—Abuelo —comenzó el joven, intentando reprimir sus lágrimas—, los escribiste tú mismo para la abuela.
—¿Abuelo? —Rapsidio no entendía nada y tembloroso continuó—. ¿Tú quién eres?

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