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El viento y la mar

El viento y la mar

Tiempo de lectura 2 minutos

Restos de algas, proyectos de arena y pisadas de gaviota eran los únicos involuntarios testigos de la despedida rojiza del sol, en la lejana línea en la que el cielo quiere vestirse de mar.
Todo estaba en calma, parecía el inicio de una tranquilidad eterna. Incluso las chicharras habían abdicado de su letanía entre las chumberas.
El Sol amenazaba con abandonar la vigilancia de la bóveda celeste, dejando la solitaria orilla vacía de voluntades que otearan el horizonte en busca de las siete diferencias entre la Mar y un pantano dibujado en un paisaje.
El Viento, ausente, esperaba la marcha del severo vigilante celestial, agazapado tras nubes inmóviles.
La Luna todavía no había comenzado su perezoso despertar. Estaba llena, y mover toda esa mágica luminosidad es tarea ardua para la que tiene por costumbre cubrirse con luminosos trajes prestados.
La Mar, en calma, y ajena a sus amenazas reposaba relajada, entretenida en borrar alguna huella en la arena, o recreándose en el esforzado bogar de las jábegas hacia la bocana del puerto.
Cuando el Viento comprobó que la Mar estaba descuidada, salió de su quietud, y aprovechando la ausencia de testigos, comenzó a acariciar la piel del húmedo manto azul con suave calidez estudiada.
La Mar perpleja, sin apenas intuir quién la rozaba quedó expectante a los acontecimientos que prometían ser tan placenteros como furtivos.
El Viento al no sentir resistencia, sino más bien una invitación a desplegar sus aprendidas artes amatorias, redobló el esfuerzo soplándole la nuca a la Mar y resbalando sus brisas como caricias, provocando leves olas con la que la Mar mostraba su delicioso estremecimiento.
Conforme la Mar se doblegaba a los deseos del Viento, las olas mostraban el indeciso vaivén con el que él la acariciaba con redoblado interés e intenso vigor.
La Luna, silenciosa, observaba desde su atalaya el espectáculo de los amantes, cubriéndoles de plata y revelando el secreto a quién quisiera ejercer de fortuito voyeur.
El Viento y la Mar eran completamente ajenos a miradas indiscretas. El infinito no podía ser mayor que el deseo que les envolvía, animándoles a sentir el roce de sus pieles, a mezclar cada soplido con espuma de mar y cada ola con quejidos entre los acantilados. Cada vaivén de agua se plegaba en insondables rizos que eran recorridos sin cesar por las más enérgicas turbulencias.
Al poco tiempo, Viento y Mar se acoplaron en sus movimientos, que a cada minuto redoblaban su pasión, su magnitud, su bravura. Hasta lanzar olas espectaculares contra las orillas, zarandear embarcaciones gigantescas y provocar el pánico de quienes osaban acercarse a tan desproporcionada cópula. Los silbantes aullidos del Viento sumados al bramar de la convulsa Mar atormentaron sin pausa a los habitantes de la Tierra firme.
Ajenos a todo, excepto a ellos mismos, continuaron en su espiral de frenesí durante días en los que las Nubes desplegaron un paño gris impenetrable para el Sol que quedó ajeno a la felonía.
Solo cuando Viento y Mar, extenuados, recuperaron la calma que jamás habría revelado su frenesí, las Nubes se disolvieron en secretos deseos de reencuentro de la pareja. Y el Sol volvió a brillar implacable sobre una Mar tranquila y un Viento esquivo que en ocasiones azotaba una cala escondida con un pequeño torbellino para llevarse un solapado beso de Mar.

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