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La tienda de los objetos perdidos – reseña

La tienda de los objetos perdidos – reseña

Tiempo de lectura 2 minutos

Una carta anónima, una cita en un lugar desconocido a una hora intempestiva. ¿Qué es lo que hace que alguien acepte semejante invitación?

Podría ser cualquier gran urbe del mundo, pero la acción se sitúa en la Barcelona natal del autor afincado en Málaga, Jaime Soliveres.

Jaime transmite el cariño que siente por el lugar y los personajes que se mueven en el escenario mágico que ha creado en la Tienda de los Objetos Perdidos, por la cual pasarán personajes que han caído en el perverso trueque en el muchos caemos en la sociedad actual: conseguir algo que realmente no queremos, pero creemos necesitar; a cambio de algo que verdaderamente necesitamos pero a lo que no damos la importancia que merece.

La tienda está regentada por Santiago, un paciente y sabio anciano, que guiará a los clientes en la búsqueda de aquello que no saben que han perdido. “El miedo es sólo una puerta giratoria que da acceso al valor”, acuña Santiago para animar a Andrea una joven viuda agotada por la lucha diaria por sacar adelante a su hija, mientras le ayuda a sumergirse en el cuento de sabor azteca “La pluma del águila”.

En la Tienda de los Objetos Perdidos cada búsqueda personal está guiada por cuento. Así “El elefante y la efímera” darán una lección magistral sobre la importancia del tiempo a un acomodado jubilado. O Germán, un desencantado mendigo que encontrará el propósito en su vida gracias a “La leyenda de la brújula maldita”.

Todo fluye en “La tienda de los objetos perdidos”, Santiago, es el maestro de ceremonias que guía a personas perdidas entre objetos encontrados. Y el personaje central es tan eficiente que todos los protagonistas de esta fascinante aventura salen del establecimiento con aquello que no sabían que habían perdido y dando el primer paso en una nueva vida.

Imagino a Santiago en la madrugada cerrando la puerta de cristal de la tienda, mientras observa con media sonrisa como se aleja otro cliente satisfecho, y preparando la llegada de nuevos retos. Cuando se apaga la luz de la Tienda de los objetos perdidos, siento que quiero leer más sobre el anciano regente del local y sus insospechados clientes.

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