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Luis, mis muebles y yo

Luis, mis muebles y yo

Tiempo de lectura 2 minutos

La mudanza terminó. Parecía una misión imposible, pero por fin todo estaba en su sitio: cada objeto en su estantería, y cada recuerdo en su cajón. Como debe ser.

Por fin vuelvo a disfrutar del orden, y puedo admirar mis muebles dispuestos a facilitar la vida a quién lo requiera.

Han sido muchos los que me han acompañado en mis constantes viajes. He compartido aventuras con todo tipo de sofás, mesas auxiliares, escritorios, estanterías, cunas y camas. Todo lo que puede hacer falta para conseguir que unos muros se conviertan en un hogar en el que disfrutar de la compañía de personas y enseres.

Los miro y recuerdo como algunos llegaron a casa con vocación de perpetuidad; pero devorados por la moda, que hace más daño que las termitas, desfilaron hacia una fría almoneda a los pocos años. O hacia la exposición de algún rancio anticuario, los más afortunados.

Todos ellos encerraban alguna anécdota en sus recovecos y lamenté su marcha porque con ellos también se iba parte de mí. Pero ese dolor no puede detener el constante renovarse o morir, que nos empuja a secarnos las lágrimas, mientras retomamos la senda del día a día.

La sinceridad, como en otras ocasiones me obliga a deciros que en realidad no siempre lamenté que un mueble dejara la casa. Hubo algún espejo que siempre odiaré por recordarme constantemente mi aspecto. Pero eso no es nada comparado con mi desafortunada relación con la mecedora de la tía Endervina. 

La vieja mecedora nunca me cayó bien, y no era por sus constantes quejidos, que de eso sabía bien la boiserie de nogal de la abuela, sino porque me ponía muy nerviosa con sus constantes vaivenes. Era una cuestión de supervivencia y así se lo hice saber a Luis. «¡O la mecedora o yo!». Por supuesto que gané yo; no obstante me preocupé de que la mecedora siguiera moviéndose en el porche de un primo lejano de Luis. Un primo muy lejano.

Con el tiempo no solo cambiamos de residencia, sino que evolucionamos en nuestros gustos. Incluso aunque no cambiemos de vivienda nos asalta una deliciosa necesidad de redecorar nuestro hogar, como si nos deshiciéramos de un caparazón que nos impidiera crecer Y en esos menesteres renovamos el mobiliario, restaurando lo que el tiempo castiga, deshaciéndonos de los que ya cumplieron con su tarea o derrochando ilusión al buscar ese mueble que haga más especial un rincón de nuestro hogar.

También a mí me asalta la incertidumbre de que algún día el paso del tiempo me impida seguir siendo útil y de que me abandonen a mi suerte. Pero estoy convencida de que eso no sucederá porque yo siempre seré la butaca de Luis.

Espero que te haya gustado este relato corto que forma parte mi libro “Relatos monodosis” disponible en Amazon en tapa blanda y y para lector electrónico

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