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Solidaridad

Solidaridad

Tiempo de lectura 4 minutos

Necrodio era un hombre de carácter hosco, poco sociable y de un continuo mal humor que rayaba en la grosería. Su avanzada edad y la cojera que se llevó en la guerra civil le habían recluido detrás de la angosta barra de la tasca que regentaba en el planta baja de su casa.

En general no era muy dado a la conversación, y mucho menos sobre él mismo. Sin embargo había un par de personas con las que debatía amigablemente sobre política, arte e incluso amor. Sólo a ellos les había contado como su amigo yugoslavo del batallón Dimitrov le salvó la vida en la batalla de Jarama en el invierno del treinta y siete. Él se llevó una bala del bando sublevado en la cadera pero Goran, que así se llamaba, dejó viuda y un hijo pequeño cerca de Sarajevo. Al final siempre terminaba murmurando el nombre de su amigo y cambiando de tema para no tener que dar más detalles de tiempos tan trágicos.

Las diferencias con sus convecinos le habían convertido en una extraña institución en su pueblo. Por un lado las pocas ocasiones en que hablaba públicamente su opinión era respetada por su vasta cultura, mientras que por otro lado era objeto de burlas y bromas carentes del mínimo gusto. Como si formara parte de una ceremonia, los más jóvenes le tomaban como objetivo de alguna broma pesada; en esos casos Necrodio se enojaba, blasfemaba, les lanzaba algún vaso, y cuando todos habían huido de su ira, se refugiaba detrás de sus gruesas gafas de pasta continuando con la lectura de alguno de los gruesos libros que siempre tenía debajo de la barra de la tasca.

Además de su mal genio también tenía fama de ser extremadamente tacaño. De modo que muchos clientes aprovechaban sus visitas para echarle en cara que nunca le habían visto dar ni una moneda en las colectas que organizaba la parroquia del pueblo. Reproches que Necrodio acogía con total indiferencia.

La tasca también era el lugar favorito de los convencinos para mostrar una foto o un dibujo de un niño apadrinado; algunos con la sana intención de hacer que Necrodio mostrara algo de solidaridad, otros simplemente para mofarse y mitigar su mala conciencia sintiéndose mejor que el ogro cojo que farfullaba sin cesar tras la barra de la tasca.

El último acto social espontáneo que se celebró en su taberna consistió en ver un telemaratón televisivo en el que se trataba de recaudar la mayor cantidad posible de dinero para ayudar a familias enteras que estaban pasando grandes penurias en África. Esa noche Necrodio incluso sonreía irónicamente al ver cómo, entre vino y vino, los clientes jaleaban las donaciones que hacía gente de la comarca. Aún así se formó una enorme bronca cuando cambió de canal para ver las últimas noticias sobre la reciente guerra de Bosnia, tema que parecía interesarle sólo a él.

Ese mismo año la salud de Necrodio comenzó a empeorar y durante tres años fue apagándose, resistiendo heroicamente hasta que su cuerpo no pudo más. La guerra en Bosnia y la vida de Necrodio acabaron casi al mismo tiempo.

Dos años después, un soleado día de primavera, un hombre de unos treinta años, de tez bastante morena acompañado de la que parecía su esposa y tres niños, se acercó titubeando a la tasca de Necrodio. Leyó un papel arrugando que había sacado de su pantalón y entró en el local.

Las conversaciones de los allí presentes se detuvieron inmediatamente. Se oía perfectamente la respiración entrecortada del hombre, que se acercó a la muchacha que atendía la barra. Con un acento extrañísimo consiguió decir:

-Yo Goran Zbanic, de Bosnia y Herzegovina, busco Necrodio Prieto, por favor.

Tras un momento de perplejidad la muchacha reaccionó.

-Era mi padre…murió.

-¿Murió?…¿Necrodio muerto?…

Goran miraba incrédulo a la muchacha al tiempo que sus ojos brillaban de auténtico dolor

-No posible, no posible –se lamentaba el hombre visiblemente afectado-. Yo venía conocer Necrodio, con familia. Y encuentro Necrodio muerto reciente.

-No, reciente, no. -le replicó la hija- Mi padre murió hace dos años…¿quién es usted? ¿de qué conocía a mi padre?

-No posible muerto dos años –el hombre miraba atónito y sollozando a los allí presentes-. No posible, yo documento de Necrodio.

El hombre sacó del bolsillo del pantalón el papel que miraba antes de entrar y que resultó ser un resguardo bancario por un contravalor de cuarenta mil pesetas. Era el resguardo de una transferencia bancaria de ese mismo mes a cargo de una cuenta cuyo único titular era Necrodio Prieto.

La mujer comprobó con pasmo que efectivamente era una transacción válida desde una cuenta de la que no tenía conocimiento, ni cuando se repartió la herencia de su padre.

Goran, aprovechó el silencio para continuar explicándose toscamente.

-Yo vengo conocer Necrodio. Yo dar gracias a Necrodio ayudando familia de abuelo mío, Goran. Todos meses mucho dinero para poder comer. Todos días uno dinero. Todos cincuenta años dinero. Mi familia comer. Mi familia pasar guerra. Yo primero universidad de familia. Todo por Necrodio.

El revuelo que se formó en la tasca era tremendo. Nadie podía creer lo que estaba diciendo el extranjero, de modo que se tardó un buen rato en aclarar la historia que Necrodio nunca había contado ni tan siquiera a sus buenos confidentes que estaban al tanto de la historia del yugoslavo de las Brigadas Internacionales. La historia completa en la que Goran salvó la vida de Necrodio, muriendo entre los brazos de su amigo mientras le juraba que jamás les faltaría el sustento a su familia en Sarajevo.

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